🏮 “Porque nuestra lucha no es contra enemigos de carne y sangre, sino contra los Principados y Potestades, contra los Soberanos de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que habitan en el espacio.” Efesios 6,12.
🏮 Quizás este amor preferencial de Jesús hacia los sacerdotes y consagrados, y la importancia que se sigue de su fidelidad en Dios y en su ministerios, sea uno de los motivos por lo cual desde que Jesús llamó a los primeros discípulos, satanás no ha cesado de querer destruir a su iglesia, atacando de manera particular a los sacerdotes de Jesús.
🏮 Satanás, no pudiendo destruir a Dios, ataca a quienes Nuestro Señor más ama, a sus sacerdotes y consagrados.
Ellos son el bocado preferido del maligno, por lo cual ataca por todos los flancos posibles; y por lo que ellos necesitan de la oración de protección hecha, no solo por ellos mismos, sino también por los laicos de sus comunidades y por todos los católicos.
🏮 El maligno intuye cuales son los dolores del sacerdote que aún no han sido sanadas del todo. El príncipe de la mentira da vueltas, buscando los puntos débiles por los cuales él puede entrar con sus tentaciones.
🏮 Y el maligno también sabe cómo tocar y manejar las cuerdas de los enemigos de Dios y de la Iglesia: los Pilatos, los fariseos, los Herodes, los Judas de ayer y de hoy. Por lo cual Dios advierte por los labios de Pedro: “Sean sobrios y estén siempre alerta, porque su enemigo, el demonio, ronda como un león rugiente, buscando a quién devorar.”
(1era Pedro 5,8)
🏮 Satanás seguramente también conoce la frase de las Escrituras que ilustra una realidad de vida, que lamentablemente pudimos haber visto o experimentado: “Herirán al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño.”
(cf. Mateo 26,31)
🏮 Es por esto, que tanto ayer como hoy, Jesús nos sigue repitiendo a todos: sacerdotes, obispos, religiosos y laicos: “Estén prevenidos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil.” (Mateo 26, 41).
🏮 Cierto que no podemos pedir no ser tentados. Las tentaciones forman parte del crecimiento de nuestra vida espiritual y del combate que todos los bautizados tenemos a diario. Cuando tenemos el propósito de rechazarlas, con la fuerza de Dios y el deseo de ser fieles, ello también es una muestra del amor que sentimos por Jesús, quien nos dice: “Te basta mi gracia, porque mi poder triunfa en tu debilidad”. (2da.Corintios 2, 9)
🏮 Si Jesús hubiera querido liberarnos de las tentaciones, no nos hubiera enseñado a orar en el Padre Nuestro, con las palabras: “No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal (del maligno)” (Mateo 6,13).
🏮 Pero si él está con nosotros, ya somos vencedores, como nos enseño el apóstol Pablo: “¿Qué diremos después de todo esto? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” (Romanos 8,31).
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